La fragilidad de vivir en el siglo XXI
Una de las grandes, y pocas, ventajas de vivir en el siglo XXI es no morir de un simple resfriado, y es que, gracias a la medicina moderna, nuestra calidad de vida mejora por momentos, pero ¿y si hubiéramos nacido en una época diferente?, ¿y si en vez de ser nativos digitales hubiéramos nacido en la Gran Bretaña victoriana?
Como buena amante de las películas apocalípticas, siempre he pensado que la mitad de la población no sobreviviría si un virus zombie nos comiera vivos, o si el cambio climático mostrara sus consecuencias en toda su plenitud. ¿Cómo se defenderían los miopes de los zombies?, y los celíacos, ¿se comerían las páginas de los libros de la Biblioteca Pública de Nueva York como en “El día de mañana”?
Más batas blancas que nunca
De pequeña gozaba de una salud envidiable, tan solo veía al médico para las cuatro revisiones reglamentarias y, alguna vez puntual, me dolía la barriga porque había comido demasiadas chucherías. Recuerdo ver a mis padres quejarse de los primeros signos de la edad adulta y pensar “a mí eso no me pasará”, pero, poco a poco, veo más batas blancas que a mis propios padres.
Una visita al dentista un día cualquiera a los 12 años, y cuatro años de incomodidad al comer por unos míseros hierros; estornudos continuos en primavera, y pastillitas para la alergia de por vida; unas semanas de migrañas a los 16, y no ver tres en un burro sin gafas; dolor de barriga por comer dulces, y una enfermedad crónica en el intestino, y, la última novedad, tener una nariz que no hace su función principal: en un mundo donde la gente pasa por quirófano para remodelarse la nariz, yo he tenido que pasar por él porque mi napia, que por su tamaño tendría que ser capaz de oler hasta los colores, no sirve para absolutamente nada.
¿Qué fue de la selección natural?
Las veces que he escuchado el término selección natural en Biología me he imaginado una entidad enorme, como una especie de capa invisible, que si te toca te mata, y realmente pienso que si esa capa mortal hiciera una visita por nuestro querido globo terráqueo se cargaría al 80 % de la población (yo incluida). Y no me malinterpretéis, no me voy a morir por necesitar unos plastiquitos en los ojos para poder ver, pero parece que los que tenemos más teclas que un piano estamos hechos de cristal, como si hubiéramos perdido esa resistencia que permitió sobrevivir a gran parte de la especie humana.
¿Más enfermedades o más diagnósticos?
Son tantos los diagnósticos que surgen a mi alrededor que, a veces, me invaden pensamientos como los del brillante futbolista Marcos Llorente: ¿será que ahora hay más enfermedades que antes? ¿Serán las estelas de los aviones una estrategia de los gobiernos para hacernos enfermar? Teorías conspiranoicas aparte, da igual si llevamos gafas, si nos tomamos veinte pastillas al día o si las estelas de los aviones son intencionadas o no, puede que el ser humano acabe consigo mismo antes de tiempo por su propia estupidez, incluso antes que la selección natural.

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